Hoy, en uno de mis clásicos trances me
sorprendí cavilando que yo, soy una batería.
El ritmo de mi bombo corazón (según sea mi
sentir), marca y bombea el tiempo de mi vida; me acompaña dilatadamente en la
tranquilidad pero en la euforia golpea en agresivas fusas. Y más de una vez se
va de tiempo y termina descompaginando al resto de mi cuerpo. Mis cuerpos.
Entonces el hi-hat es mi mente y los
platillos sus ideas locas. Porque si surgen de a una y en orden suenan
armoniosamente; pero en el vértigo caótico de mis ataques de ansiedad, retumban
con un eco espantoso en mi cabeza y en lo que esté a mi alcance.
Los pedales son como las extremidades inferiores. Lleva tiempo y práctica lograr la coordinación necesaria para fluir con ellos. Como un niño que aprende a caminar.
Los pedales son como las extremidades inferiores. Lleva tiempo y práctica lograr la coordinación necesaria para fluir con ellos. Como un niño que aprende a caminar.
El redoblante, junto al resto de los
tambores, son mi voz. Lo que expresa mi sentir. Ese lado primitivo, intuitivo,
emocional.
Los palillos; la extensión de mi sentido
del tacto. O quizás más; la extensión de mi ser.
Ya sé que debo mejorar mi groove y rudimentos.
Que tengo que afinar mi instrumento, afinar mi vida.
Y en eso sigo pensando…
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