Era un
lunes como cualquier otro y yo ya estaba terminando la jornada laboral. Mientras
terminaba de guardar mis pertenencias para partir a la clase de guitarra, note que el clima
estaba estupendo. No hacía demasiado calor y la tarde se prestaba para caminar.
Una buena excusa para ejercitar el cuerpo y despejar la cabeza.
Ya con todo pronto, me despido de los compañeros que se quedan y voy rumbeando hacia el ascensor. Luego de llamarlo, me invade un mal presentimiento, entonces decido que es mejor bajar por las escaleras, total, hoy el reloj es mi aliado.
Y hablando del reloj, ahí está él. Tan imperturbable como siempre. Y aunque lo miro fijamente, no logro acelerar el último minuto, que parece tener más de sesenta segundos. Pero de todas formas, hoy ni eso me perturba.
Ya con todo pronto, me despido de los compañeros que se quedan y voy rumbeando hacia el ascensor. Luego de llamarlo, me invade un mal presentimiento, entonces decido que es mejor bajar por las escaleras, total, hoy el reloj es mi aliado.
Y hablando del reloj, ahí está él. Tan imperturbable como siempre. Y aunque lo miro fijamente, no logro acelerar el último minuto, que parece tener más de sesenta segundos. Pero de todas formas, hoy ni eso me perturba.
Con mi
mejor cara arranco mi trayecto. Cada cuadra que avanzaba me hacía sentir más y
más relajado. Miré las vidrieras que me interesaban, cruce cada equina solo
cuando los semáforos me lo permitían, cedí el paso a cada transeúnte que se me
cruzaba y hasta aproveché para comprar garrapiñada para el resto del camino. El
saborearla potenciaba mi buen humor. Esto debo hacerlo más seguido, pensé.
Tantas veces me encuentro corriendo contra el tiempo sin motivo. ¿Para qué?
¿Los minutos ganados quedan guardados en algún tipo de banco? ¿Los voy a poder
retirar cuando los necesite? No lo creo, concluí.
Y ahí
estaba yo; entrando el la recta final. Pero algo me saca del trance. Fue una
especie de chicotazo en la espalda; como si alguien me hubiese arrojado
piedritas, a lo que me di vuelta rápidamente y nada. Seguí observando a mi
alrededor en busca de algún sospechoso, hasta que decidí no prestarle atención
y seguir mi rumbo. Ya a dos cuadras del acontecimiento, empecé a sentir una
especie de humedad en el lugar del chicotazo; que era un sector de la espalda,
bastante incómodo para llegar con mis propias manos. En eso veo una farmacia
que tiene de esos espejos con publicidades. Crucé hasta ahí, y al observarme la
espalda, la imagen reflejada confirma mis sospechas… Un plumífero amigo se cagó
en mí y en mi día de suerte.
El título está conscientemente inspirado en el tema "Días de suerte" del grupo Valle de Muñecas.
ResponderBorrarun aprendizaje, siempre hay alquien o algo se termina cagando en nosotros, hay que estar preparado para las decepciones. saludos
ResponderBorrarSe agradece la lectura y opinión!
BorrarSaludos.