martes, 13 de junio de 2017

Encargos

Encargos

 

Antes de entrar, ya había reproducido la escena en mi cabeza.

- Buenas tardes
- Hola, ¿en que lo puedo ayudar?
- Busco al Sr. Rico
- ¿Su nombre?
- Layeca, Carlos Layeca.
- Por favor tome asiento mientras le informo al Sr. Rico que Ud. ya llegó.
-Gracias, muy amable.

Tiré el cigarro con mi mano izquierda y lo apl
asté con mi pie derecho, con el cual dibujé un semicírculo en el piso usando la colilla como un crayón. Entré al local y, como un deja vu, se reprodujo el diálogo, tal cual lo había imaginado unos segundos antes. No me considero un tipo ansioso y debo confesar que rara vez me pongo nervioso. Cada trabajo le va dejando a uno ciertas pautas, ciertas enseñanzas, y los formalismos son siempre recurrentes. Ni siquiera lo llamaría experiencia. Es simplemente memoria.

La secretaria me
guió hasta el ascensor, a través de un largo pasillo decorado por varias pinturas, la mayoría de corte religioso, de las cuales me quedó bastante impregnada, una muy morbosa sobre la procesión de Cristo.
El cuadro mostraba el lado más sufrido y agonizante de Jesús. Estaba retratado de frente al espectador, con la cabeza gacha. Triste y abatido. Como todo aquel que se siente abandonado. Cada trazo de cada una de las heridas parecía húmedo, recién pintado. Como si aún no hubiese cicatrizado. Y a sus espaldas un sádico rostro romano empuñaba un látigo que ya había disparado.
Mientras ascendía me preguntaba cómo un hombre estaba dispuesto a sacrificarse y morir asumiendo la culpa de miles, pero casi instantáneamente me respondí que era mejor que lo que sucede hoy en día, donde miles mueren diariamente mientras que unos pocos  disfrutan de una vida sin culpas, lo cual no hizo más que indignarme inútilmente.

Al llegar al séptimo piso, la puerta del ascensor se abrió estrepitosamente y al fondo del corredor, pude ver que el Sr. Rico me hacía el gesto con la mano para que me acercara.

- Llega tarde. - Me
apuntó.

- Es que el tráfico está realmente imposible señor.
- Este trabajo requiere puntualidad chico.

Tenía razón, por lo cual me pareció lo más acertado no seguir discutiendo. Pero luego agregó:

-Estoy empezando a dudar  si Ud. es el hombre indicado para éste encargo.
- Soy el hombre indicado. De eso no tenga dudas. - 
Repliqué.
-Entonces empiece a comportarse de forma más profesional.
- Cuente con eso señor. Cuente con eso.
Respondí.

Abrió el cajón y me pidió que me acercara. Extendió la mano alcanzándome el paquete. Yo fingía escuchar atentamente los últimos detalles del trabajo. Mientras el Sr. Rico hablaba, yo asentía con la cabeza pero mi mente estaba en otro lado; en el pasillo, en el cuadro. Y mientras llevaba mi mano a la espalda para realizar el verdadero encargo, comprendí que no habría Cristo, sin romano.


FIN.-


martes, 23 de agosto de 2016

Recurrente

El mismo comienzo de siempre. Toda la familia en torno a la mesa, cenando. De pronto mi madre me dice:
- Ve a buscar el postre 
Como buen niño caprichoso, me resisto todo lo que puedo.
- ¿Por qué siempre yo?
- Porque fuiste el último en venir al mundo - acota mi hermano mayor.
Miro a mi padre como último recurso, pero nada dice y leo en su mirada severa que ya no es tiempo de protestas. Me levanto de mala gana y me dispongo a cruzar el largo pasillo que conecta el comedor  con la cocina;  corredor tan largo como oscuro. Lo que apenas me permite transitarlo, es la luz que llega desde la calle, colándose tímida  por la banderola situada a mitad del lúgubre pasillo. Lo recorro, lo más rápido que mis pequeños pies me permiten, tratando de controlar mis agolpados pensamientos.
- No hay nadie ahí, no hay nadie-  me repito sin cesar y en silencio, intentando en vano controlar mis miedos.
Pareciera como que cada día le anexaran un tramo más a este maldito pasillo, pienso, mientras  tengo la sensación de que alguien viene detrás de mí, pero no volteo.  De un salto enorme, entro en la cocina tanteando con mi mano la pared en busca de la llave de luz .
- ¡Acá está! Pero no enciende.
Mi corazón se acelera y las palpitaciones aumentan y retumban como retumban los pasos en el pasillo y corro, pero ahora si volteo y a lo lejos descubro la silueta y esos ojos.
Mi única salida es subir hacia el altillo por la escalera y lo subo lo más rápido que puedo. En los últimos escalones, mis pies comienzan a hundirse, trato de gritar  y mis esfuerzos son denodados ya que no logro emitir sonido alguno. En el mismo instante que una garra roza mi tobillo izquierdo, recuerdo  que puedo saltar al costado del barandal. Y salto.
Choco fuerte contra el suelo de la cocina, pero es mi cama y me despierto, sobresaltado de nuevo.

jueves, 4 de agosto de 2016

El invitrado

Entré como por un tubo, a otro tubo más grande. Ahí permanecí junto a varios como yo, miles; pero que con el correr de las semanas no lograron sobrevivir. Los que quedamos fuimos sometidos a una serie de rigurosos exámenes y pruebas. Algo así como un certamen. Luego vino la matriz, la calidez y después la luz. Y mi mundo cambió por completo. Nunca me había sentido tan deseado.

martes, 25 de noviembre de 2014

Días de suerte

Era un lunes como cualquier otro y yo ya estaba terminando la jornada laboral. Mientras terminaba de guardar mis pertenencias para partir a  la clase de guitarra, note que el clima estaba estupendo. No hacía demasiado calor y la tarde se prestaba para caminar. Una buena excusa para ejercitar el cuerpo y despejar la cabeza.
Ya con todo pronto, me despido de los compañeros que se quedan y voy rumbeando hacia el ascensor. Luego de llamarlo, me invade un mal presentimiento, entonces decido que es mejor bajar por las escaleras, total, hoy el reloj es mi aliado.
Y hablando del reloj, ahí está él. Tan imperturbable como siempre. Y aunque lo miro fijamente, no logro acelerar el último minuto, que parece tener más de sesenta segundos. Pero de todas formas, hoy ni eso me perturba.
Con mi mejor cara arranco mi trayecto. Cada cuadra que avanzaba me hacía sentir más y más relajado. Miré las vidrieras que me interesaban, cruce cada equina solo cuando los semáforos me lo permitían, cedí el paso a cada transeúnte que se me cruzaba y hasta aproveché para comprar garrapiñada para el resto del camino. El saborearla potenciaba mi buen humor. Esto debo hacerlo más seguido, pensé. Tantas veces me encuentro corriendo contra el tiempo sin motivo. ¿Para qué? ¿Los minutos ganados quedan guardados en algún tipo de banco? ¿Los voy a poder retirar cuando los necesite? No lo creo, concluí.
Y ahí estaba yo; entrando el la recta final. Pero algo me saca del trance. Fue una especie de chicotazo en la espalda; como si alguien me hubiese arrojado piedritas, a lo que me di vuelta rápidamente y nada. Seguí observando a mi alrededor en busca de algún sospechoso, hasta que decidí no prestarle atención y seguir mi rumbo. Ya a dos cuadras del acontecimiento, empecé a sentir una especie de humedad en el lugar del chicotazo; que era un sector de la espalda, bastante incómodo para llegar con mis propias manos. En eso veo una farmacia que tiene de esos espejos con publicidades. Crucé hasta ahí, y al observarme la espalda, la imagen reflejada confirma mis sospechas… Un plumífero amigo se cagó en mí y en mi día de suerte.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Veo, escucho... aprendo.

¿Qué pensar,
qué hacer
y qué decir?

¿Qué hablar y qué callar?
¿Qué usar y qué guardar?

Dime tú
que es lo que quiero oír.
Muéstrame quien soy,
y te diré quien eres.

martes, 18 de noviembre de 2014

Divague sensorial

Hoy, en uno de mis clásicos trances me sorprendí cavilando que yo, soy una batería.
El ritmo de mi bombo corazón (según sea mi sentir), marca y bombea el tiempo de mi vida; me acompaña dilatadamente en la tranquilidad pero en la euforia golpea en agresivas fusas. Y más de una vez se va de tiempo y termina descompaginando al resto de mi cuerpo. Mis cuerpos.
Entonces el hi-hat es mi mente y los platillos sus ideas locas. Porque si surgen de a una y en orden suenan armoniosamente; pero en el vértigo caótico de mis ataques de ansiedad, retumban con un eco espantoso en mi cabeza y en lo que esté a mi alcance.
Los pedales son como las extremidades inferiores. Lleva tiempo y práctica lograr la coordinación necesaria para fluir con ellos. Como un niño que aprende a caminar.
El redoblante, junto al resto de los tambores, son mi voz. Lo que expresa mi sentir. Ese lado primitivo, intuitivo, emocional.
Los palillos; la extensión de mi sentido del tacto. O quizás más; la extensión de mi ser.
Ya sé que debo mejorar mi groove y rudimentos. Que tengo que afinar mi instrumento, afinar mi vida.
Y en eso sigo pensando…

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Con los pies sobre la niebla

Con el cuerpo sumergido
en la niebla.
Con los pies sobre la Tierra.

Se hace difícil respirar
y distinguir la realidad,
de lo irreal.

Y la mente se sumerge
en esa niebla.
Tiempo y espacio, me nublan la visión.
Me hacen perder la inspiración.
Me pasa a mi,
te pasa a vos.
Y la cadena se rompió.

Con el ego sumergido
en las tinieblas.
Con los pies en la miseria.

Se hace difícil recordar
y distinguir el interior,
en lo exterior.

Y la verdad que emerge
de la niebla.
Mente recta que recuerda la misión.
Esa única misión.
Que me une a vos
En un presente eterno.